jueves, 22 de junio de 2017

Segis García reflota Sargadelos y augura buenas perspectivas de futuro



Ningún lujo en el vestir y ningún alarde en su discurso delata que Segismundo García (Pontenova, 1952) sea el actual gestor y accionista mayoritario con el 65% del capital de Sargadelos.
Si Sargadelos hubiera echado el cierre, habría equivalido a que ya no crecieran más grelos o se borraran los archivos literarios de Rosalía de Castro. Sus cerámicas de suaves contornos pincelados con azul cobalto pasarían a ser fondos de museo, codicia de coleccionista, legendarias piezas de caolín blanco bañadas en la neblinosa historia de la Galicia industrial, pero también de la de vanguardia. Con sus objetos decorativos y de uso cotidiano elevados a la categoría de embajadora galega, Sargadelos se ha entrometido durante décadas en la Galicia de andar por casa.
El 90% de los hogares gallegos cuenta con alguna loza sargadeliana, ya sea una pomba (paloma), una vajilla que llegó como regalo nupcial o un altivo gallo que engalana el recibidor de un pazo. Gozó de un desbordante esplendor al arrancar la década de los 80, cuando de sus fábricas de Cervo (Lugo) y Sada (A Coruña) salían más de un millón de piezas anuales. Abrió sucursales en Oporto, La Habana, Milán. Dispuso de 20 tiendas-galería, novedoso concepto para la época, en las ciudades españolas más importantes. Muchas todavía aguantan ese tirón que fue la crisis. La compañía llegó a facturar 15 millones de euros en vacas gordas. Cautiva de las modas, con el nuevo milenio el sello se asoció a ciertos años rancios. Aquel mal ciclo acabó cuando las creaciones de Sargadelos volvieron a ser reseñadas en prestigiosas revistas de diseño como Wallpaper o Monocle y los japoneses llamaban pidiendo juegos de queimada.
Superados los años de incertidumbre, una buena tormenta sindical y litigios en los juzgados con herederos y trabajadores, la compañía hoy ha esquivado el naufragio mercantil, salvando todos sus (in)muebles y empleando a más de 160 personas. De la deuda de nueve millones de euros, sólo queda arrimar apenas uno... Y en cómodos plazos. "Si se dice que el Barça es más que un club, esto es más que una empresa. Una marca emblemática para todos los gallegos, representativa de lo que pretendemos ser y de lo que fuimos, de nuestra idiosincrasia. Me ha tocado reflotarla, sacarla del concurso de acreedores y abrirla más al mundo si cabe, sin que perdiera las raíces gallegas y sus múltiples atributos. Tratar de no perder nuestra identidad, sino potenciarla y actualizar la compañía".
El industrial pasea por las instalaciones de Cervo -un magnífico edificio circular con plazuela, declarado Bien de Interés Cultural- saludando a cada trabajador sin impostados modales. Dicen los que le conocen que ha hecho del ahorro y el recorte su religión, y que para el almuerzo pide el vino más humilde. Empresario de la droguería y la restauración con negocios diseminados por Ribadeo y otras localidades lucenses, viejo periodista de TVE, García entró en los 90 como pequeño accionista, y hoy le ha tocado, jugándose su propio patrimonio, espabilar a un gigante de la cerámica para que se reincorpore y vuelva a ser grande. Entre las novedades, mantelería hecha en Portugal (el primer lanzamiento textil), colecciones de joyas y bisutería, muebles de diseño, y bolsos y marroquinería que se fabrican en Ubrique (Cádiz) y que verán la luz cuando comience el otoño. Además, se ha mejorado la compra online y se han cerrado acuerdos con Pepa Poch y Ágatha Ruiz de la Prada para diseñar nuevas cerámicas en este enclave de la mariña lucense con más de dos centurias.

El primer horno


Segismundo García supone el penúltimo eslabón en una cadena de nombres ilustres que han llevado a la compañía, allende los océanos, a ser mucho más que loza ornamental, doméstica y costumbrista. A Antonio Raimundo Ibáñez, marqués de Sargadelos, hay que culparle del naming y de sentar las bases de este delicado universo en la España borbónica de Carlos IV. Nacido en la comarca de Santalla de Oscos, fue un simple criado que gracias a su picardía montó el primer alto horno privado en España en 1794. Justo una década después, levantaría el primer complejo cerámico de carácter industrial para competir con las vajillas inglesas de la época y aquellos potes que se modelaban en Burdeos. Comenzó a producir juguetes, placas, figuras, bustos, floreros y vajillas, para lo que dispuso de tres grandes hornos, otros dos pequeños y un taller con 25 tornos para una producción de 20.000 piezas anuales.
Todo ocurría en estas esmeraldinas laderas de Cervo porque en la cercana Burela reposaban canteras de caolín, además de corrientes de agua y bosques inagotables (2.000 hectáreas) como combustibles para poner en marcha Sargadelos. Una estatua recuerda a Ibáñez en Ribadeo, en las escaleras del ayuntamiento que fue su casa, y allí donde fuera asesinado por una turba en plan Fuenteovejuna. Porque además de marqués parece que ejerció de tirano... Su hijo tomó las riendas a su muerte con desigual fortuna.
Jarro inspirado en el retrato que le hizo Goya. Se diseñó como un homenaje al fundador de la casa, Antonio Raimundo Ibáñez. Acusado de afrancesado, murió arrastrado por dos caballos por las calles de Ribadeo, en la provincia de Lugo, el 2 de febrero de 1809. La figura mide 30,5 cm de alto y tiene un precio de 106,50 euros. 
A lo largo del XIX llegó el arriendo a banqueros compostelanos y la dirección hasta cayó en manos de franceses e ingleses. En 1875 echó el cierre. No fue hasta finales de los años 60 del siglo XX cuando el ajetreo volvería a la fábrica, gracias a dos gallegos exiliados que convertirían Sargadelos en un universo artístico y multidisciplinar de primer orden, transformando la compañía en el espejo cultural de una Galicia aislada y personalísima, pero que se proyectaría al mundo a través de humildes piezas de loza. Isaac Díaz Pardo y Luis Seoane fraguaron un vivero que imantaba a gentes de toda España, antes de que pronunciáramos barbarismos como start-up o networking.
Ideólogo, ceramista, pintor, cartelista y galleguísimo, Díaz Pardo (murió en 2012 a los 92 años) comenzó su carrera en O Castro, en la casa de su mujer, tras dejar Madrid por motivos de conciencia. Corría el año 1948 y era un taller diminuto para hacer piezas de té y café. Posteriormente viajó a la Argentina, y de allí se trajo al "militante cultural" Luis Seoane. Retornaron a su tierra y pondrían en marcha la denominada operación Sargadelos. Ambos forjaron la impronta, los diseños y conceptos que aún hoy alientan la marca. En el repertorio decorativo, solainas, herrajes de las iglesias, capiteles, volutas románicas, encadrelados geométricos, estelas y espirales... Todos estos motivos siguen presentes en los catálogos. El resultado son piezas inimitables que proyectan la luz elegante de un delicadísimo trabajo. Azul cobalto penetrante y eléctrico; un blanco atómico y frágil; un rojo ambiguo e intenso...
Desde que Segismundo García tomó el control de la compañía se ha iniciado un proceso de diversificación. Sargadelos comercializa ahora también textiles, o colecciones de joyería y bisutería, con colgantes pendientes, pulseras, anillos y llaveros. El precio de la pulsera de la imagen está por determinar, pero en el catálogo actual las hay entre 28 y 255 euros. 
Su eslogan es "Ideas gallegas para un mundo global", un horizonte al que Segismundo García no deja de referirse. Ahí hay lugar para labriegos, brujas, lavandeiras, pescaderas, hórreos, botijos y jarrones, fauna autóctona, gaiteros, faros y hasta colgantes, fetiches y máscaras que ahuyentan males invisibles (incluso a los indeseables que desprecian la poesía y el arte). Como recuerda el actual gestor, "todos los veranos, hacemos foros con gentes de la cultura, la política, las artes..., y a cada ponente le regalamos nuestra pieza más célebre, la voluta, acompañada con la inscripción: 'Talento, trabajo y sentidiño'".

Así se hace una pieza

El primer paso es el diseño del objeto por ordenador, prototipado y modelado. De ahí pasa al taller de moldes, para materializar la pieza desnuda, compuesta por una pasta hecha de caolín, cuarzo y feldespato y agua. Se desmolda y se le da un golpe de mufla (horno) a 800 grados para que endurezca ese frágil bizcocho o "biscuit" (en la jerga de la cerámica) y así poder manipular y decorarla. Las piezas bizcochadas son decoradas con plantillas y aerógrafos. De ahí se baña la figura en una solución química; aquí el color queda oculto, que reaparece al fundir y transparentar en una nueva cocción a 1.430 grados en un túnel continuo durante 11 horas, que dará finalmente una porcelana vitrificada. Sobre esta superficie y si la pieza lo requiere, los decoradores aplican a mano alzada dibujos "sobre cubierta", la tarea más delicada y que exige mayor precisión.
Paloma de cerámica, ninguna pieza es exactamente igual a otra. 
Aunque parecieren idénticas, ninguna pieza es exactamente igual a otra. Con unas 30 referencias nuevas al año en un catálogo de casi 500 productos y donde se tiene el objetivo de llegar al millón y medio de "cachariños" y "figuriñas" al año para 2020 (ahora se cifran en 700.000 unidades). La competencia viene de Alemania: Rosenthal (con sede en Selb) y Villeroy & Boch (en Mettlach).
Nueva vida para Sargadelos y la cerámica gallega