jueves, 23 de marzo de 2017

Días de cine por Pablo Villapol



Fuente: El Progreso

EL PASADO martes fui al cine a las once de la noche. Problemas en el paraíso. Contra todo pronóstico, había cola y la sala estaba abarrotada. Se proyectaba el taquillazo de lo que va de año: Logan. La historia que pone punto final a Lobezno y sus andanzas es un despliegue de ritmo que se ve con mucho agrado y no exige nada de nada al espectador. Es lo que se llama la esencia del cine: entretenimiento puro y duro. Lo que no sabía era que la Marvel tenía tan enganchada a gente que, por la forma de hablar, me di cuenta que llegaba de Asturias en abundancia y de concellos cercanos como Trabada y A Pontenova. 

Allí estábamos, a la una de la madrugada de un martes laboral de invierno viendo cómo la palmaba Lobezno, que siempre me pareció un X-Men fantástico, valga la redundancia. 

Ni que decir tiene que la situación me incomodó e incordió sobremanera. Generalmente estas sesiones nocturnas, casi canallas de no ser porque no se sirven cervezas, están severamente limitadas a media docena de chiflados que nos acercamos religiosamente casi cada semana a menos que los dueños del cine nos pongan el listón muy bajo. 

Por cierto, aprovecho la ocasión para reivindicar un poquito de riesgo a la hora de decidir los pases de las once de la noche. Porque total, los que vamos preferimos un tipo de cine diferente del de los espectadores de las seis. Puede sonar clasista, pero es una afirmación puramente científica y fácilmente constatable. Solo tienen que preguntar al chico que corta las entradas o a la chica que las vende. 


Tras predicar en el desierto en el párrafo anterior volvemos a la realidad de un martes a las once de la noche. El cine es algo formidable. Hasta los anuncios comerciales que nos ponen antes de la película tienen regusto a superproducciones, aunque su trama no esté tan estudiada. Y los tráilers de otras películas en muchas ocasiones están mejor que la propia película que anuncian. Qué triste. 

Ribadeo y Viveiro son los dos únicos municipios de A Mariña que conservan la tradición de ir al cine. Y esto no debe tomarse a la ligera. Es una opción muy importante en la adolescencia. 

Es fácil encontrar historias del viejo cine Colón en Ribadeo. Un botones recibía al respetable encopetado en un traje de gala con el que luego los acomodaba en sus butacas. Tras el cine era habitual darse un paseo con la novieta por el parque y comer unos caramelos o unos cacahuetes. Cuando ibas, te entregaban una especie de reproducción del cartel de la película en tamaño reducido. Conservo por herencia indirecta cientos de esos y son una verdadera maravilla que si bien no mejoraban la película que veías, sí te predisponían a vivir una experiencia diferente. En algunos sitios siguen dando unos folios con abundante información sobre la película. Tengo también cientos de esos de mis años de estudiante y, como sus predecesores, te anuncian un lugar lleno de sueños o pesadillas. 

Es complicado explicar qué pasó para que quebrasen los cines en Burela o Foz; en Tapia y Navia. Incluso en A Pontenova. Siendo muy pequeño llegaban a la minúscula aldea de Sante, en Trabada, una especie de viajantes del celuloide que los sábados por la noche hacían pases en el Teleclub. Iba medio pueblo, y eso que ni siquiera acababan nunca la película. De lo que recuerdo, solo las había de dos tipos: westerns y de Cantinflas, y casi nunca tenían todos los rollos, así que nos quedábamos sin ver cómo acababan. Pero a nadie parecía importarle. Volvían al fin de semana siguiente y el llenazo se repetía. Visto ahora, aquello era un sinsentido. 

Si era capaz de engancharnos un western de serie B que ni siquiera terminaba, ¿por qué ahora la gente no quiere ver las películas de González Iñárritu? Y si los cines se siguen llenando con películas de la Marvel, ¿a ningún espectador le entra la inquietud o la curiosidad por ver alguna otra cosa? Se ve que no, porque ya no quedan botones encopetados, teleclubs, westerns de serie B, sesiones dobles ni entradas con ínfulas artísticas. Solo unos locos que nos miramos con curiosidad cuando se encienden las luces después del "The End" tratando de averiguar en la cara de nuestros compañeros de insomnio si la película por la que salimos de casa a las once menos cuarto de la noche, lloviendo y a siete grados de temperatura, también les pareció una auténtica mierda. Y mañana hay que madrugar. Para evitar esa situación casi todos los directores se inspiran directamente en Hitchcock, que con gran pragmatismo reflexionaba: "El cine no es otra cosa que 400 butacas que llenar".