miércoles, 7 de diciembre de 2016

«Ahora controlo todos los parques biosaludables»

 

Tito González Margaride (A Pontenova 1967), se acababa de casar, con 24 años, cuando empezaba a cosechar los éxitos de 13 años de duros entrenamientos y se disponía a participar en los Juegos Olímpicos de Barcelona. Un ictus frustró su carrera como deportista de élite, cuando trataba de conseguir la marca en Budapest. El revés sufrido no le impidió seguir en el deporte, aunque en la modalidad paralímpica. Se retiró en las Olimpiadas de Sydney, con una medalla de bronce.
Veinticuatro años después sus esperanzas están puestas en su hijo Miguel, también fondista, que a sus dieciocho años ha alcanzado un nivel importante. «Es mejor que yo», asegura.
¿Como afrontó aquel momento?
-Estaba a punto de cumplir los 25. La enfermedad fue en junio y cumplo en septiembre. Llevaba 13 años en el atletismo y había alcanzado un nivel importante de entrenamiento. Con 24 años empezaba a cosechar el éxito, había alcanzado la estabilidad emocional, al encontrar a Teresa, que era la persona que necesitada en mi vida. Era la primera vez que viajaba solo al extranjero. Iba a Budapest, que reunía las condiciones idóneas para conseguir una marca de 13.25 en los 5.000. Tenía ya 13.28, pero la necesitaba para representar a España.

-¿Cómo recuerda aquel revés?
-No me di cuenta de la gravedad. En el primer instante pensé que era un mareo. No sufrí dolor. Fue un desfallecimiento, como un golpe de alta tensión de mi organismo. Han pasado 25 años, pero lo recuerdo perfectamente. Estaba haciendo footing por la mañana, en una carretera similar a Ramón Ferreiro. Había obras y tuve que desviarme porque me topé con una tela metálica. Inicialmente pensé que la corriente provenía de ahí, pero no.
-¿Cómo se encuentra ahora?
-A partir de esa fecha pasaron casi 25 años. Me siento bien. Llevo una vida completa y con ánimo, aunque en algunos momentos, sobre todo por las mañanas y debido a la trombosis, tenga momentos menos vitales.
-Su afán de superación es un ejemplo. ¿Cómo encaró ese momento?
-Me pasó esto el 18 de junio y en diciembre ya estaba acercándome a las pistas para intentar correr. Me vi tan mal que decidí aplazarlo. Fui consciente de que las enfermedades neurológicas tienen una evolución lenta. En agosto de ese año Mariano Castiñeira, mi entrenador de toda la vida, un padre deportivo siempre para mí, me llevaba a la piscina de Rozas. Me dejaba en la entrada, al lado de las rejas, mientras aparcaba. Estaba en una situación muy frágil pero aguantaba de pie. En diciembre era capaz de darle una vuelta a la pista del Rosalía de Castro, con gran esfuerzo, claro. En el verano del 93 empecé a ser más asiduo.
-¿Qué ha significado el deporte en su recuperación?
-El deporte estaba en mi cuerpo y el espíritu de sacrificio fue muy importante en la recuperación. Partía con una ventaja sobre otras personas en mis mismas circunstancias. Acostumbrado al deporte, la rehabilitación fue más fácil para mí, aunque los primeros meses mi mujer tuvo que ponerse seria porque me estaba comportando como un niño rebelde. A partir de septiembre la rehabilitación fue ya una cuestión personal. Lo sigue siendo. Todos los días hago deporte -le dedico entre una hora y hora y media al día- y los fines de semana voy a la piscina. Empecé a nadar porque me dolía la espalda. Tuve que ir cambiando los ejercicios. Hasta el 2007 corría, pero la rodilla derecha, por el golpeo dijo basta y tuve que buscar alternativas. Nado, uso la bici estática, la elíptica... Ahora soy un habitual de los parques biosaludades. Los controlo casi todos.
-¿Mantiene relación con sus antiguos compañeros atletas?
-Con la gente de antes apenas mantengo relación. Los empiezo a ver porque muchos tienen, al igual que yo, hijos que compiten y coincidimos en las carreras.
-Fermín Cacho le dedicó su éxito en Barcelona. ¿Siguen manteniendo contacto?
-A Fermín Cacho le tengo un gran cariño, pero hace mucho que no sabemos el uno del otro.
-¿No echa de menos lo que pudo haber sido?
-Es una etapa que está agotada. Durante años la eché de menos, pero a medida que fue pasando el tiempo, cada vez menos. El deporte paralímpico, al que llegué por casualidad, me hizo ver los problemas de estos deportistas. Había muchos en estados bastante más complicados que el mío y que trabajaban y competían con gran afán. Aprendí mucho de ellos.
Fuente: La Voz de Galicia